Yo gabba gabba

mayo 2, 2010

Hoy he visto cosas fabulosas. Un pájaro, una tortuga y una especie de conejo de indias han salvado a un unicornio. Primero tuvieron que huir de un dragón y luego salvaron al unicornio, que se había quedado atrapado con el cuerno clavado en el tronco de un árbol.

El dragón, en realidad, era su amigo. Para demostrarlo pasó por el fuego de su nariz un trozo de acelga, o algo parecido, y se lo dio como regalo a los animales salvadores. Se lo comieron al final de la épica. Fue emocionante.

Luego un grupo de marcianos mantuvo un duelo al sol, con música de Sergio Leone. Era el oeste marciano. Un robot tocaba el piano. Una marciana de color amarillo se comía las uñas y suspiraba por la suerte de su amado. Un romance marciano.

En el duelo, el primero que comiese un plátano ganaba. Desenfundaron a la velocidad de la luz, ventajas de los marcianos. Venció uno naranja, grande, con un único ojo en la frente y dos colmillos separados. Se comió el plátano en un suspiro. Fue emocionante.

Por lo demás, fue domingo en el planeta tierra.

Urgencias

marzo 11, 2010

Una otitis repentina, la mala salud siempre es repentina, me ha llevado por segunda vez a urgencias. Nada relevante. Pasan a todos antes que a mí. Tengo tiempo para observar a la gente.

La enfermera histérica. Es joven. Está encerrada en una habitación rodeada de cristales. Registra los datos de los pacientes según entran en el hospital. De vez en cuando abandona su búnker para dar algún grito.

El chico de la puerta. Lleva un uniforme. Le sobran al menos dos tallas. Habla muy bajo. Aguanta los gritos de la enfermera histérica. De vez en cuando le llama la novia. Está deseando irse.

El homeless de la sala de espera. Siempre hay un homeless en urgencias, a cualquier hora del día. Duerme profundamente. Ronca. El pelo largo, ralo, blanco. Una tripa generosa. Varias bolsas tiradas en el suelo. Cuando se despierta, se va.

La chica joven. Está con su madre. Se toca la tripa y se balancea. Cada vez que la madre intenta decirle algo se monta una pequeña discusión. Al rato aparece el padre. No dice nada.

El repartidor del supermercado. De repente, ha perdido la vista de un ojo. No está preocupado. Cierra y abre los ojos una y otra vez, como si estuviera haciendo una complicada maniobra. Una médico le cubre uno de ellos con el primer objeto de plástico que tiene a mano. “Qué ves”, le dice. “Nada”.

Los carteles: campañas de vacunación, anuncios, información en español. Más carteles: “Si no tiene seguro médico, aquí le atendemos”.

El médico con un pijama rojo (todos van de verde menos él). La médico de origen polaco, cuidadosa y dedicada. Las enfermeras pacientes y ordenadas. Los médicos de apellido hispano. La mujer mayor.

Está en una cama, con un pijama del hospital. Observa, como yo. No le pasa nada, como a mí.

“Y a tí, ¿qué te ocurre?”, me pregunta.

La nostalgia de Corrado

marzo 4, 2010

La familia Soprano cena en el restaurante de Artie Bucco, El Vesuvio. Están todos. Hay una gran celebración familiar por el funeral del joven Jackie Aprile.

Meadow se emborracha y sale corriendo. Junior Soprano, Corrado, canta al fondo del restaurante acompañado por una guitarra.

La canción es “Core’N Grato”, “corazón ingrato”, una canción napolitana escrita por dos inmigrantes italianos en Nueva York a principios del siglo XX. Junior canta ajeno a las tristezas y tensiones de la familia, a los asesinatos. “¡Canta, Junior!”.

Y Junior canta. “Corazón ingrato…”. La gran nostalgia: puro Soprano, el frágil equilibro entre lo brutal y lo sublime, el amor y el odio.

El guión es de David Chase y Lawrence Konner. Chase, creador de Los Soprano, es napolitano de origen, como la canción que canta Junior (Dominico Chianese). Chase padece depresión desde joven. La madre de Tony, Livia Soprano, se basa en su propia madre. Chase y sus demonios.

En uno de los capítulos, Livia, casi sin memoria, intenta matar a su hijo Tony.

“¿Qué significa ‘cuore ingrata’?”, pregunta Adriana.

Junior canta. Fin de la tercera temporada de Los Soprano (1999-2007).

El fin de los ‘Soprano’ dejó un enorme vacío en nuestras vidas. Hace unos meses vi a Gandolfini por el Village y estuve a punto de acercarme para decírselo, pero me dio miedo. No estaba seguro de si era Gandolfini o Tony Soprano. El vacío es enorme.

Desde entonces, sólo ‘Mad Men’ me parece a la altura. ‘The Wire’ está bien, pero me parece muy irregular de una temporada a otra. ‘Lost’ no la soporto. Tengo pendientes ‘Weeds’, ‘Flashforward’ y algunas más. ‘Californication’ me divierte a ratos. ‘Big Love’ tiene buena pinta. También está ‘Nurse Jackie‘.

El gran atractivo es la actriz protagonista: Edie Falco, Carmela Soprano. La enfermera Jackie cuida de sus pacientes, cuida de sus hijos, cuida de sus compañeros, cuida de su amante, ríe, llora, se emociona. Muerde. En el caos de All Saints Hospital, Jackie es una santa de carne y hueso. Esto acaba de empezar, pero promete.

All Saints Hospital parece inspirado en el hospital St. Vincent del Village: amenazado de cierre por su enormes pérdidas, nadie sabe qué será de él. Tuvo su época de gloria y una bonita historia: el hospital de los poetas, de los escritores, de las víctimas del 11 de septiembre, de la epidemia de cólera de 1849, de víctimas del Titanic en 1912. Nada que ver con su situación actual: el New York Times ha publicado una historia completa sobre el caso, The Decline of St. Vincent’s Hospital.

Un taxista me cuenta que nunca ha estado en Nueva Orleáns. Durante varios días se habló mucho de la ciudad, de Bourbon Street, de Mardi Gras, el gran carnaval.

El equipo local de fútbol americano, The Saints, ganó contra todo pronóstico la final de la superbowl y la fiesta se convirtió en un homenaje a la ciudad, la gran superviviente.

El partido fue el programa más visto de la historia de Estados Unidos con más de 120 millones de espectadores. “Día de todos los Santos”, titulaba al día siguiente a toda página uno de los diarios gratuitos que se reparten a la entrada del metro. Los festejos durante toda la noche en Bourbon Street, rezaba el ‘New York Times’, parecían la celebración por la caída de un dictador.

El programa más visto hasta entonces había sido el ultimo capítulo de MASH, la serie para televisión basada en la gran película de Robert Altman (quien adaptó la novela de 1968 ‘MASH: A Novel About Three Army Doctors’, de Richard Hooker). Alan Alda era el protagonista, un médico en la guerra de Corea al frente de un disparatado equipo de especialistas destacados en el frente.

MASH era una gran parodia llena de emoción. La siguen emitiendo en alguna cadena de la televisión por cable. Ahí están todos, con la camiseta cubierta de sangre y los mismos brillantes diálogos que recordaba.

El último episodio se titulaba “Goodbye, Farewell and Amen“. “Adiós, despedida y amén”. Se emitió un 28 de febrero de 1983. Entonces Alan Alda era la estrella.

Casi treinta años resistió a la superbowl.

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