El entrenador nunca está contento del todo
julio 6, 2010
Dice Del Bosque en El País que el entrenador nunca está contento del todo. Del Bosque es un entrenador melancólico. Nunca está contento del todo porque no existe el día perfecto y los partidos nunca se acaban de ganar, supongo. Del Bosque es un entrenador forjado en los filiales, la poca verdad del fútbol, y tiene otra perspectiva. La alegría es para Maradona.
La melancolía de Del Bosque es la tristeza que sigue al fin de la fiesta, al chupinazo de San Fermín, a Septiembre. Cada chupinazo es uno menos, como las horas, y sobre todo los recuerdos de los anteriores, cuando todo era mejor. Ya se sabe: lo que se perdió ya no se recupera.
Del Bosque es la dignidad del fútbol, que no anda precisamente sobrado de ella, más bien lo contrario: parece una fiesta barata de Ibiza, con luces de discoteca y música atronadora, para no pensar. El fútbol es un programa de la televisión basura con los comentaristas con la hipérbole colgada del cuello. Una tertulia política, con perdón.
El fútbol de Del Bosque es otra cosa: es la melancolía del juego infantil, la fiesta africana del Mundial, la nostalgia de vivir. La última década del Madrí se perdió porque prescindieron de Del Bosque, que sabía de dónde venía y sobre todo hacia dónde. Desde entonces estamos con el pelotazo intelectual, tan poco productivo aunque rinda tanto en los periódicos.
Del Bosque es el alma del Mundial, el antimaradona, todo histrionismo. Si España gana algo será, sobre todo, porque Del Bosque está con sus melancolías y no se pierde con la algarabía de las serpentinas y las vuvuzuelas.
El Madrí
mayo 24, 2010
Del equipo de fútbol te haces en la primera infancia, con los amigos y la televisión en blanco y negro. Yo era, primero, del equipo de Santillana, Camacho, Miguel Ángel en la portería, Stielike. Luego fue la Quinta del Buitre, Hugo Sánchez y ya está, del Madrí para siempre.
La primera camiseta que tuve del Madrí tenía el nueve a la espalda, de Santillana. Eran camisetas blancas, sin adornos ni publicidad ni el nombre del jugador. Eran camisetas sin tatuajes.
Mi hermano tenía la de Camacho. Salíamos a jugar con las botas de tacos y le dábamos patadas al balón contra la pared, en el césped del invierno.
Yo soy de ese Madrí, que ganó dos copas de la Uefa, que era una competición estupenda, y perdía siempre con el Milán de Van Basten, Gullit, Rijkaard. Esto de Mourinho, Florentino y Valdano es una conspiración para vender periódicos.
En la universidad, el año que pasé en Holanda, fui al campo a ver la final contra la Juve de Zidane, imponente. Hasta entonces, e incluso después de ganar, me parecía el mismo Madrí de siempre: irregular, con recursos en unas cosas pero muy justo en otras. No era un gran equipo, pero todavía era el nuestro.
El Madrí dejó de existir hace tiempo, perdido en la pasarela, en la burbuja tan ibérica y con tan poco futuro, todo para hoy. Veo el fútbol, cada vez más, desde la distancia. No vi la final de la Eurocopa, estaba durmiendo. Veré el mundial, eso sí, porque está Del Bosque.
Veo el fútbol desde la distancia. Prefiero el baloncesto, el béisbol. Estos días juegan en Nueva York los Yankees contra los Mets. Me gustan los dos equipos, disfruto del juego sin pasiones. Y cuando ganan los Mets, el equipo pobre, sonrío.



