Anda, si tengo un blog
agosto 15, 2010

Tengo el blog olvidado, descuidado, como las plantas de un piso cerrado durante el verano. Así estamos en este verano madrileño, con las inquietudes, las prisas de Ginger Boy (currys tailandeses a domicilio) y el sol de la Plaza de Olavide.
En estas fui padre por segunda vez. La estupenda Hana duerme y vemos Toy Story por enésima vez con Taro.
España ganó un mundial. Leí a Bolaño. Perdimos el tiempo. Me sumergí en las entrañas de la burocracia, el gran dinosaurio.
En el entretiempo desde hace años me dedico a la música electrónica y experimental, que suena mucho mejor de lo que es. Hago un buen dúo con mi ordenador. Este otoño, si todo funciona adecuadamente, colgaré en algún lado uno de los experimentos, para deleite de la hinchada musical.
De vez en cuando también leo la prensa. Aprendo una barbaridad. En el New York Times, que siempre lo cita El País porque así parece más importante, dan un dato a recordar: la persona responsable del cementerio de Washington Heights, el mayor cementerio judío de Nueva York, se llama Dominick Tarantino. Con ese nombre Jarmus hace una película.
Dov Charney, en Village Voice, declara que la época de los pantalones cortos está superada.
El Madrí ficha mucho, como siempre, y el Marca habla de triplete. Poco baloncesto y demasiado tatuaje.
La NBA está agitada y se anuncia una buena temporada. Seguiré a los Knicks por afición y a los Thunder de Oklahoma por vocación, qué equipo más divertido.
En 10 días el dulce otoño será en Nueva York. Llego a tiempo para ver el final de la temporada de béisbol. El otoño siempre es más plácido. Escribiré más en Nueva York, supongo.
El tiempo y la paciencia
julio 7, 2010
En las comidas de trabajo lo importante son los debates menores. El camarero trae unos vasos con hielo hasta arriba para el café y surge una interesante conversación sobre el hielo de hoy y el de ayer. Algunos dicen que el hielo de antes era mejor, y lo argumentan. Lo realmente interesante de las comidas de trabajo son los argumentos.
También se habla mucho de fútbol y de las marcas blancas del supermercado entre Madrid y alrededores. Cada uno tiene su experiencia y unos compran las pizzas congeladas en un sitio y nunca en otro, ni se te ocurra, vamos. O las cervezas, o los insecticidas. En verano hay muchos mosquitos y hay que hablar de estas cosas.
Las comidas del trabajo dan para largos debates sobre la vida. El atún llega cubierto de soja, pero eso es un mal menor. Lo importante es el debate, el comentario, el rumor, el fin de semana en Rascafría hasta que nos vayamos todos a la playa con un sombrero de verano.
Como al Mundial le queda un suspiro vamos a tener que ponernos a trabajar hasta que llegue la hora de la piscina. A ver si empieza ya la temporada de fútbol, reclama un abogado, que son muy metódicos y sin orden en la parrilla se desconciertan. Hay pocos fichajes este verano y se nota, las comidas de trabajo son más intelectuales.
Menos mal que un compañero está leyendo un libro de frases budistas y nos da aliento para la espera: “El tiempo y la paciencia son los guerreros más importantes”. Era su frase de hoy.
Bueno, será, pero no tengo claro lo del hielo. Tengo la sensación de que siempre ha sido igual.
Brooklyn, al fondo
junio 12, 2010
En una azotea, con los rascacielos de Manhattan al fondo, nos despedimos de Nueva York hasta septiembre. No lo esperábamos. Pasaremos el verano en Madrid y estaremos de vuelta para Labour Day, el final del verano oficial en la costa Este, cuando las familias abandonan las casas de veraneo y vuelven a la ciudad.
Laszlo Kovacs grabó un pequeño vídeo mientras caía la tarde y cada uno perdía el tiempo a su forma: www.flickr.com/photos/laszlito/4692607058/.
Tana conversaba sobre Magnetic Fields con LD, biógrafo oficial de 69 Love Songs, un disco imprescindible. Taro estaba cansado y dormitaba, pero se espabiló de nuevo en Chinatown cuando llegó la comida. A mí me ocurre lo mismo. A veces no me apetece hablar hasta que empiezo a comer.
Cómo me gusta ver Manhattan desde Williamsburg, donde tan bien se come, se pasea y se charla. Lo echaremos de menos.
Volveremos en septiembre a nuestra pequeña casa junto al río. Seremos ya cuatro. Habrá que abrir un hueco en las paredes para las nuevas pinturas del colegio. Ya lo estoy deseando.
El arte de dar de comer a las palomas
mayo 27, 2010
Esta mañana al levantarme me acordé de un chiste: si una mañana te levantas y no te duele nada es que estás muerto. No me dolía nada, pero tenía tanto sueño que era como un dolor. No me preocupé. Veinte grados en la calle y ochenta por ciento de humedad.
Hace días que parece llegar el verano. Con la celebración del Memorial Day, el próximo 31 de mayo, se inaugura el verano en la costa Este. En los parques han encendido las fuentes y los niños se pasan el día a remojo, mirando al cielo como los profetas.
Me acuerdo de ‘Do the right thing’, de Spike Lee, del principio abrasador después de una tórrida noche de verano en Nueva York. Rosie Pérez, para refrescarse, sumerje la cara en un lavabo lleno de agua con hielo. Mueve la cabeza de un lado a otro, lentamente, para despertarse. Todavía no hace tanto calor, pero ayer estuvo cerca.
Sigo con el diario. Por la mañana, camino del trabajo, acompañé a Taro y a Tana a uno de los colegios a los que va cada día. Como no tiene plaza hasta septiembre, se pasea de uno a otro para tener actividades por la mañana. Ayer estuvo pintando. Hoy tenía clase de música.
Al llegar, la profesora se puso a cantar mientras agitaba en una mano una marioneta de la gallina caponata: “Good morning, good moooorning”. Cantaba muy bien. Un chico le acompañaba al piano. Allí se quedaron los dos, sentados en el suelo, y seguí mi camino.
En el cruce, a mi lado, un hombre caminaba somnoliento, vestido todavía con los pantalones de pijama y una camiseta blanca: “Athletics sponsor Columbia Tigers”, rezaba un mensaje en el pecho sobre la tripa prominente de varón, blanco, semijubilado y con nulo interés en ser el rey de la playa. Me pareció que nos conocíamos de otra vida. A unos metros, en un puesto callejero, pidió un café y continuó su paseo, sin prisas.
Entonces tuve una revelación, como San Pablo pero sin caballos, que me dan alergia. En la próxima vida me quiero dedicar a cantar por la mañana “good morning” en una escuela pequeña, con los niños sentados en el suelo. Cuando acabe la sesión me sentaré en un banco a dar de comer a las palomas mientras pienso, sin prisas, si me duele algo.
No estamos para proezas
mayo 17, 2010
En esto del blog una cosa lleva a la otra. Decía ayer que no estamos para proezas, sólo para matar el hambre. Como estoy en una etapa musical y no voy a hablar de la prensa deportiva, seguiré con el argumento mientras escucho música.
Cuando éramos infantes, antes que jóvenes, vino un señor al colegio a contarnos sus aventuras en las misiones africanas. Cuando se acabó la charla y los niños nos removíamos en la silla porque se acercaba la hora del comedor, que es como llamábamos al evento alimenticio, el visitante dijo: “Esto que tenéis ahora es ganas de comer, no hambre”.
Ahí está toda la historia de la humanidad: el paso del hambre a las ganas de comer y viceversa, de la opulencia a la crisis, de la caverna al helicóptero. No sigo con el argumento porque no sé qué más decir y esto no es más que un recuerdo que se ha presentado hoy, con el martes.
La cuestión es que ese día nos fuimos pensativos al comedor, donde supongo que todo se olvidaría en un momento. Pero aquí estamos, después de tanto tiempo, con el poso.
Concluyo este blog apresurado: lo bueno de descubrir un nuevo grupo favorito es que el resto da igual, puedes poner el ipod a sonar y a sonar y si quiere que llueva, que no es mi problema. O escribir cualquier cosa y ya está, que tengo mucha música que escuchar.
De repente, mientras caminas, te viene una aparición del colegio, como el nombre de un compañero de entonces o tus iniciales en el pupitre, grabadas con el compás. Así estoy, con ‘Yellow House’. Y que no se sabe cómo irá el día, con esas nubes tan negras en el horizonte.
La charca original
mayo 13, 2010
Cuando volvamos a ser amebas, todos en la charca original felices y contentos, podremos construir de nuevo centrales eléctricas, bloques de 100 pisos, ciudades dormitorios, parques de grava, aceras, las películas de Disney. Estará todo por hacer y todo será entusiasmo en el lodo. Es una de las ventajas del desarrollo. La prehistoria nos hace más libres.
El progreso es la construcción, el cemento, el metro, la cosa bursátil que nadie entiende, la máquina tan futurista, la tableta digital. Los poetas pueden volver a escribir sus poemas al ferrocarril y al microondas e incluso se puede grabar de nuevo “We are the world”, en honor de los niños del mundo todavía por construir, por cimentar.
En la charca podemos recuperar la alegría colectiva de vivir. En la charca sonará música de Tom Zé, que es primaveral y exquisito, tropical. La charca es el paraíso original pero sin manzanas. La charca es un día soleado en la playa. La charca es el nudismo, que nos ha pillado mayores.
El conflicto siempre puede surgir, ya se sabe: si se juntan en una charca un número de amebas mayor de 10 pueden emerger, del fondo de la charca, el debate, la desilusión puntual, la acidez, la cal, las ronchas de pinturas que se caen sin avisar, las malas caras, Baudelaire. La charca no es perfecta, es una sociedad más, original y primitiva, pero una sociedad al fin y al cabo, con sus sinsabores.
La charca necesita sus árbitros, los tribunales, el palo y la zanahoria. Vamos a ver, todas las amebas tienen que trabajar, no pueden estar unas levantando una autopista y el resto escuchando “Más que nada” en tropical, con la guitarra desafinada y el crujir de dientes. Eso no puede ser, no se puede consentir, la charca necesita orden y progreso. Menos tropicalismo y más trabajar.
Después de las revoluciones, si vuelve la paz al reino de las charcas nos saltamos las tablas de la ley, el esplín e incluso el pecado original, que ya es mucho decir. La gente de bien prevalecerá y la charca será un modelo para las generaciones posteriores de amebas, modelo de futuro, pilar de charcas.
Teoría de la bancarrota
mayo 6, 2010
Ahora que somos hippies y estamos en la bancarrota pues nos podemos dedicar a cosas más agradables, como rodar películas en blanco y negro o cantar de madrugada. Todas estas cosas son necesarias para la regeneración y la prosperidad, que están al caer. Todo menos la canción de autor, por favor, que me solivianta.
Como estamos en la bancarrota, graciosa palabra, podemos dedicarnos a lo que nos gusta: comer palmeras de chocolate, actualizar el facebook, que gana mucho con el artículo, y charlar con los amigos. Vamos, un poco de todo. Y el fútbol, que tanto nos gusta con la emoción y los gritos de la hinchada.
Cuando volvamos al primer mundo ya volvemos a ocuparnos de las cosas serias y del IPC, pero mientras tanto podemos aprovechar para pasarlo bien un poco, al menos un rato.
Podemos jugar a Osmos: una pelota que puede ser una célula o un planeta lejano se mueve por la pantalla, empujada por el ratón hinchado, por la música ambiental. Así recuperamos la alegría de vivir. Es un posible pasatiempo hasta que llegue el desarrollo, que por otra parte está al caer. Como el aire acondicionado.
Además, tengo que añadir que Google ha hecho algunos cambios en su portada, por aquello de darle un toque intelectual a este blog, cada vez más en su mundo y en sus teorías, por otra parte tan interesantes. Aprendo una barbaridad con el blog, una barbaridad.
La telepatía y la teletransportación: una visión crítica
abril 26, 2010
Recibo un mensaje de un amigo de la infancia, que son los que tienes en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad. Leyó un texto de este blog y se transportó, como yo, a los años de la motocicleta (gran palabra), a los pasatiempos de entonces: las canciones, la magdalena de Proust y otras cuestiones de la memoria.
Estas cosas dan alegría. No la memoria, que como la paella nunca se sabe cómo puede salirte. Digo que da alegría recibir un mensaje de un amigo con quien te comunicas ya por telepatía, tan útil y tan barata, y quizá un mensaje de correo. Últimamente he recibido tres mensajes de este tipo, por razones diversas, y por ello tengo a facebook en mis oraciones.
Con algunos recuerdos ya se sabe: en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad. No te los quitas de encima hasta la próxima vida. Aquí es donde la telepatía es realmente útil.
Con la telepatía te comunicas a otro nivel, sin quererlo. Los apetitos -que diría Spinoza, un ibérico adelantado- se te escapan sin que seas consciente y llegan a otro lado. Alguien lo recoge y continúa el proceso, en plan secta atrincherada en una granja tejana pero sin sexo en grupo, no se puede tener todo.
También está la teletransportación, pero está todavía muy verde. Sólo algunos avanzados lo han logrado, como Mr. Spock, al que un periódico gallego le dedicó un obituario futurista el día de su muerte con el título siguiente: “Señor Spock, teletranspórtate al más allá” (esto me lo contó alguien, queda dicho).
Estas reflexiones profundas sobre el ser y la nada en las que me embarco de cuando en vez las entienden muy bien los amigos de la infancia, un periodo muy amplio que cubre toda la vida (año arriba, año abajo). De paso, hablo un poco de ciencia ficción, que es mi ser más profundo y enigmático.
Me despido (esto no se ve, pero lo explico: justo después de decir “me despido” hago el saludo de Star Trek, como Mr. Spock en la foto. Mr. Spock, un visionario, como Spinoza).
Gordas, gordas, gordas
abril 24, 2010
Mi infancia son recuerdos de un transistor. Y un cantante excéntrico, pálido, con voz sonajera: “Gordas, gordas, gordas, supergordas”, música pachanguera y repetitiva. Hacía un calor del desierto y en Iberia todo era subdesarrollo, pero tan contentos. Como ahora pero sin internet.
No me pongo tremendista, ni solanesco ni nada. Ya, todo ha mejorado mucho y qué bien. Esto es un blog, no un ensayo histórico. Son los recuerdos de la infancia.
La educación sentimental debe mucho a radio olé, a los aspersores del verano y a la piscina con cloro, al menos para los que crecimos en Madrid y periferia. “Gordas, gordas, gordas, supergordas”, cantaba Gurruchaga y se nos caía el helado. Escucho los versos y me entran una ganas irrefrenables de jugar al ping pong y de beber sangría, que no me gusta nada.
Todo esto tiene que marcar carácter. Miren a Gurruchaga, con quien tanto hemos querido. Sus programas góticos, las gafas, el histrionismo, las blancas manos de azuladas venas. Transmutado en Napoleón, como en la foto, está imperial. Creo que la representación de “gordas, gordas, supergordas” era circense, vestidos de domadores y alehop, con el escenario repleto de gente.
Y así, el verano.
Esto es todo, es sábado: un poco de recuerdos, un título y a correr, que son dos días y en este blog ni siquiera hay publicidad contextual (un día de estos empiezo a cobrar suscripción y me forro). Mañana o pasado escribiré de fotografía.
Los viajes y el vocoder
abril 21, 2010
Últimamente escribo poco. Escribo poco porque viajo mucho, o lo suficiente para despistarme y perder las ganas y el ánimo de escribir. A mí me gusta escribir por las mañanas, tranquilo, después de mis ejercicios matinales, que consisten básicamente en mirar qué traerán los meteoros, revisar el correo y vagabundear por internet.
O por la noche, después de repetir el ritual. Soy un explorador intrépido, como el niño de Up. El ajetreo me despista y necesito después unos días.
Estuve en Washington, y salvo por la fachada del edificio del FBI, tan gris como el ambiente de un serial de policías, no encuentro razones para actualizar el blog. Washington huele a ministerio. Dentro de Nueva York hay al menos dos docenas de washingtons, valga el plural y con todo el respeto por esa aburridísima ciudad. En Washington, incluso Chinatown no parece Chinatown.
Estuve también en Madrid, en un viaje fugaz. Madrid me inspira desde la distancia, desde el mando a distancia más bien. Entras en un taxi y suena la Cope. Por cierto, me pareció que habían procesado las voces de las clásicas cortinillas -cadena copeeeeee, o algo así- con un vocoder. Qué moderno. Supongo que eso será el periodismo 2.0.
El vocoder, y me distraigo, está en todas partes: en la música, en las bolsas de patatas, en la radio moderna. Una reflexión que también es una sugerencia: si los señores productores de música están dispuestos a sobreproducir cada una de las pistas de cada canción hasta que parezcan injertos siliconados, como así parece, podrían probar también otros efectos. El vocoder es tan aburrido como Washington.
Dentro de unos días viajo a Chicago. Eso es otra cosa. Chicago bien vale un vocoder.








