El astronauta Sam Bell

mayo 26, 2010

‘Moon’: ciencia ficción triste, melancólica, cruda sin estridencias ni marcianos. ‘Moon’ es la historia de un hombre solitario en la luna, como los antiguos trabajadores que enviaban a un faro, en mitad de la nada, a cuidar de que todo estuviera en orden y los barcos tuvieran su guía a punto. El hombre en su soledad y con el ruido del mar al fondo enloquecía, construía una catedral con palillos o componía la novena sinfonía, según lo aplicado que fuera.

En ‘El resplandor’, Jack Nicholson se convierte en un asesino. ‘Moon’ es más romántica.

El astronauta Sam Bell está en la luna, literal, allí en la roca solitaria, oscura y agujereada. Desde hace tres años cumple su rutina con diligencia. Sale cada día a dar un paseo cubierto por una escafandra y ve la Tierra a lo lejos, tan luminosa. Se acuerda de su mujer y de su hija. Cuenta las horas y espera el día de su vuelta a casa.

En realidad, Sam Bell más que un astronauta es un mecánico que ve la tele en la garita y habla con su casa electrónica, de última generación. El astronauta es el único habitante de la luna y quizá de la historia. Es un niño perdido, un hombre honrado sin futuro.

El resto de la película no la toco. Es mejor verla y disfrutarla a su ritmo, con sus confusiones que tampoco son tantas y los paisajes lunares. Voy al fondo del asunto, la ciencia ficción: nos teletransporta al presente, con sus desajustes y sus miserias.

El fantasma del progreso, siempre en el fondo de ‘Moon’. En el futuro, Sam Bell también es un perdedor. Qúe buena ‘Moon’.

Viajes en el tiempo

mayo 10, 2010

Hay un botón en el microondas que dice “Express”. Está escrito en rojo y destaca sobre el resto. Al pulsarlo se pone a dar vueltas el plato, en modo acelerado y elíptico, como un acelerador de partículas.

No sé qué ocurre en ese tiempo mágico. Nadie lo sabe. Es un punto oscuro de la historia, un agujero temporal. Quizá, la creación misma, el instante definitivo, las 12 tribus, la paz mundial, la zarza ardiendo.

Si metes una mosca y pulsas el botón te sale una película de David Cronenberg. Si meto el disco duro donde guardo los archivos del ordenador, por si hay una guerra nuclear o se come el perro los apuntes, sale un ordenador del futuro y puedo hacer cálculos magníficos.

La tecnología tiene siempre, al menos, dos caras. El microondas lo mismo calienta un vaso de leche que te transporta al futuro, por ejemplo. Cuando se puso en marcha el acelerador de partículas, se publicó una viñeta que ratifica la tesis.

Aparecía la gran máquina de Ginebra y dos científicos. Uno de ellos dice: “Si todo esto falla, hace un gran latte helado”.

El cine va por delante, y empiezo a liarme con tantas idas y venidas en el tiempo. Hay una película estos días donde un grupo de amigos se mete en plan festivo en un jacuzzi y aparecen en los años 80, entre calentadores y radiocasetes. Se llevan un susto, sobre todo por los calentadores, pero lo pasan bien.

Sólo falta Bill Murray. Estas películas son mucho mejores con Bill Murray.

Lo importante es la tesis, que no se pierda. Un buen día te metes en la bañera y apareces en el Renacimiento, por ejemplo. Siempre es mejor que los años ochenta.

¿Funcionan los afrodisiacos? ¿Qué es la sodomía? ¿Son precisos los hallazgos de los médicos y de las clínicas que investigan sobre sexo? Tengo la sensación de que esta entrada va a dar un gran impulso a este blog.

Aclaro el origen del primer párrafo: las preguntas son los títulos de tres de los siete capítulos de ‘Todo lo que siempre quisiste saber sobre sexo pero no te atreviste a preguntar’, de Woody Allen (1972). En los 70 Allen hizo películas inolvidables como ‘Bananas‘, ‘Manhattan‘, ‘Annie Hall‘…

Una cita, para mayor gloria del cine y por extensión de la ciencia, de “Todo lo que siempre quisiste saber…”:

La chica: “Para mí, Normal Mailer tiene exactamente la misma clase de relevancia, esa clase de dualidad afirmativa y negativa, que sólo Proust or Flaubert pueden lograr”.

El chico: “No sé si vamos a hacerlo, esto no tiene buena pinta”.

La chica: “Soy licenciada por la Universidad de nueva York”.

El chico: “Lo hacemos”.

La película se basa en un libro del psiquiatra David Reuben, autor de otros títulos infantiles como “¡Todas las mujeres pueden!”, entre exclamaciones para darle más énfasis, y “Cómo sacarle el máximo al sexo” (en traducción libre).

Otro apunte: este tema da claramente de sí para la portada de algún suplemento de ciencia (ficción) o incluso para el telediario, preferiblemente el de noche. Por qué lo llamarán ciencia cuando quieren decir sexo.

Radio Raheem se pasea  por Stuyvesant Avenue con un ‘loro’ sobre el hombro y un mensaje en sus nudillos: amor, odio. El barrio, en Brooklyn, es Bedford-Stuyvesant. ‘Do the right thing’ (1989), la fabulosa película de Spike Lee, está rodada íntegra en la Avenida Stuyvesant. Por allí desfilan el propio Spike Lee, John Turturro, Rosie Pérez y una larga lista de secundarios que merecen todos su propia película.

Se podría hacer un artículo sólo con las referencias a los héroes locales que se citan: Martin Luther King, Farrakhan, Malcom X, Public Enemy, Prince, los puños de Muhammad Ali. Al fondo, sobre una fachada de ladrillo, aparece la silueta de Mike Tyson. En uno de los diálogos se menciona a Dwight Eugene Gooden, conocido también como Doc Gooden o Dr. K.

Doc Gooden ha sido uno de los mejores pitchers de los útimos 30 años. Spike Lee, siempre cercano a los debates deportivo-raciales, opone su figura a la de Roger Clemens, afroamericano frente a blanco. Los dos eran lanzadores: Clemens en los Yankees y Gooden en los Mets, el equipo pobre de Nueva York.

Clemens, apodado The Rocket, se retiró después de una larga y exitosa carrera de 23 años. A mediados y finales de los 90, Gooden formaba con Darryl Strawberry una de las mejores parejas de la liga de béisbol. El debate era quién era mejor: Gooden o Clemens.

Gooden era un auténtico fenómeno, pero el alcohol y la cocaína lastraron su carrera. Ya retirado reconoció que llegó a jugar bebido o después de unas pocas horas de sueño tras una larga noche de excesos. Aún así, lanzaba con destreza. Su estreno fue fulgurante, pero nunca pudo satisfacer las expectativas salvo en momentos puntuales.

Hace sólo unos días Gooden volvió a los periódicos. La policía lo detuvo por “conducir bajo los efectos de las drogas”. A pesar de todo, los Mets siguen adelante con su candidatura al Hall of Fame.

A finales de los 80, cuando Radio Raheem se paseaba por Bed-Stuy con un gran aparato de música al hombro, nadie dudaba de que Dr. K sería uno de los grandes. El debate era quién era mejor: Gooden o Clemens.

¿Has comprado lotería?

marzo 16, 2010

“¿Estás seguro de dónde estás?”, pregunta preocupado el pasajero. “Sí, en Helsinki”, responde el taxista.

El diálogo es de ‘Una noche en la tierra’ (Night on Earth, Jim Jarmusch, 1991). Cinco ciudades, cinco taxistas, la misma noche. Banda sonora rítmica y apabullante de Tom Waits.

En el episodio que transcurre en Nueva York el pasajero observa con temor el trayecto. “Por ahí no está permitido”, dice. “Sí lo está, es Nueva York”.

Jarmusch, tan buen narrador de las pequeñas historias. ‘Una noche en la tierra’ es un catálogo de diálogos brillantes. Comparto su fascinación por los personajes con oficio y preocupaciones comunes.

Últimamente he coincidido con dos taxistas que parecían actores de sus películas.

Uno de ellos era de Aruba. Vivía en Jamaica, el barrio más grande de Queens. “¿Has comprado lotería?”, me dijo al entrar en el taxi. Mientras conducía de un lado a otro de la autopista que corre paralela al East River se giraba para contar sus planes cuando le tocara el premio. Quería retirarse a Aruba, irse de Nueva York, divertirse.

Llevaba 20 años en la ciudad. Toda su familia se había vuelto.

Otro taxista: de origen griego, más de 30 años en Nueva York, miembro del club de fans del AEK  de Atenas en la ciudad. Se había divorciado. “Era americana. Cásate con alguien como tú. Perdí un millón y medio de dólares”.

Vive en Astoria, también en Queens. “No me gusta Manhattan ni puedo pagarlo. ¿Sabes que Astoria es un nombre griego?”.

Su orgullo son sus hijos. Estudian en la universidad y son también seguidores del AEK de Atenas.

“¿Has comprado lotería?”, pregunta.

Algunos documentales se convierten en un álbum familiar. Guardan el momento y la celebración llenos de vida. Se puede volver a ellos al cambio de los años y ahí está todo como lo recuerdas, sin las arrugas de los años.

Jazz on a Summer’s Day‘ se grabó en 1958 en el festival de jazz de Newport, Rhode Island.  Antes de que la mitad del festival se trasladara a Nueva York en los años 80, el festival se celebraba íntegro en esta pequeña localidad costera conocida como el lugar de veraneo de Nueva Inglaterra. Una curiosidad: Rhode Island es el Estado más pequeño de Estados Unidos y también el que tiene el nombre más largo. Gran dato.

Es una película luminosa, en color, frente al blanco y negro y las sombras tradicionales de las imágenes jazzísticas. Aquel verano, entre las grandes casas de la zona, estaban Louis Armstrong, Chuck Berry, Thelonious Monk, Mahalia Jackson, Anita O’Day… Un vaje de Nueva Orleáns a Rhode Island. Algunos lo consideran el mejor documental sobre jazz.

La música es colosal, pero también en otros documentales. El encanto de ‘Jazz on a Summer’s Day’ es otro: el público, los músicos, el día de verano, y por encima de todo la comunión entre unos y otros. Tan interesante es ver las actuaciones como las reacciones del público, su actitud.

Al fin y al cabo, el testimonio: una fotografía familiar de un mundo ya desaparecido, cuando el jazz era un día de verano.

Un taxista me cuenta que nunca ha estado en Nueva Orleáns. Durante varios días se habló mucho de la ciudad, de Bourbon Street, de Mardi Gras, el gran carnaval.

El equipo local de fútbol americano, The Saints, ganó contra todo pronóstico la final de la superbowl y la fiesta se convirtió en un homenaje a la ciudad, la gran superviviente.

El partido fue el programa más visto de la historia de Estados Unidos con más de 120 millones de espectadores. “Día de todos los Santos”, titulaba al día siguiente a toda página uno de los diarios gratuitos que se reparten a la entrada del metro. Los festejos durante toda la noche en Bourbon Street, rezaba el ‘New York Times’, parecían la celebración por la caída de un dictador.

El programa más visto hasta entonces había sido el ultimo capítulo de MASH, la serie para televisión basada en la gran película de Robert Altman (quien adaptó la novela de 1968 ‘MASH: A Novel About Three Army Doctors’, de Richard Hooker). Alan Alda era el protagonista, un médico en la guerra de Corea al frente de un disparatado equipo de especialistas destacados en el frente.

MASH era una gran parodia llena de emoción. La siguen emitiendo en alguna cadena de la televisión por cable. Ahí están todos, con la camiseta cubierta de sangre y los mismos brillantes diálogos que recordaba.

El último episodio se titulaba “Goodbye, Farewell and Amen“. “Adiós, despedida y amén”. Se emitió un 28 de febrero de 1983. Entonces Alan Alda era la estrella.

Casi treinta años resistió a la superbowl.

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